martes, 25 de noviembre de 2008

Tres reflexiones a propósito del tiempo.

1. Cada uno de nosotros representa una forma única e irrepetible de experimentar el mundo y no podemos ponderar del todo esta condición, sino con la fuerza endeble que nos brinda la conciencia del instante. Inútilmente nos apalancamos con el ajuar triste y personalísimo de nuestra propia decadencia: ¿a qué bien conservar las cartas que inevitablemente interesarán a nadie y permanecerán como un camino que nadie más recorrerá nunca, porque carece de todas las referencias necesarias para orientarse? ¿A quién interesarán nuestras fotografías en doscientos años como no sea a los curiosos que busquen asomarse a nuestra forma de vestir y a los lugares y acontecimientos de los que quisimos guardar memoria? ¿Seremos lo suficientemente egoístas como para reclutar a quien sea a nuestra causa y cargarlo con el bagaje de lo que fuimos, hicimos y quisimos?
2. Si el presente dura un instante e irremisiblemente vivimos un pasado continuo, esto bien podría explicar cuál es el espacio físico de la conciencia humana en el ápice de nuestras cabezas.
3. Vamos por la vida, todos los días, sin percatarnos de que somos vestigios de un idioma irrecuperable que se desvanece y de que la única forma mediocremente humana de arrostrar esta tragedia es vivir con la convicción de que somos eternos.

martes, 18 de noviembre de 2008

Azir (fragmento)

Levanta la mirada y el sol se entierra en su ojo como una aguja cuando aquél se quiebra al pasar por una punta ruinosa de un rascacielos. Mira con fijeza las calzadas dunosas que contornean los grandes edificios: imagen estática y granulosa, tan frágil como un cristal. Vuelve la cabeza: sus huellas forman una estela de cuencas efímeras, el viento sopla, levanta la arena, se forma un torbellino; se eleva, se va, desaparece.
Camina por la calzada, con dificultad. Dobla a la izquierda y se detiene para ubicarse de nuevo. Camina por senderos laberínticos bordeados de rascacielos abandonados, erosionados. Se detiene, frente a su edificio. Entra. Las paredes se descascaran, todos los cuartos hacen eco, eco al viento y a sus pasos. Ningún departamento tiene puerta. Llega al cuarto piso. Simula que saca su llave; abre la puerta, puerta ausente, y la cierra, al igual que un mimo, en silencio, en el silencio, en el desierto.
Va a la cocina; toma un vaso, vaso intangible; lo pone bajo el grifo, y espera a que se llene, de nada. Mirando desde una ventana, bebe; termina, y una gota imaginaria pende y escurre por una de sus comisuras.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Pero... ¡Qué gente!

Hubo una vez un presidente
que quiso investigar rápidamente
una cuestión espantosa y urgente,
según decía toda la gente.

Y para desafiar solemnemente
su celo inmenso de cumplir con la gente,
se puso un plazo audaz, breve, inminente.
Y hubo un rugido público imponente.

Mas sucedió que, desgraciadamente,
cuando ya meritito el presidente
iba a encontrar detectivescamente
la clave del asunto, de repente,
se dio la vuelta y encontró la gente
con un tema de moda diferente.
Entonces, tristemente,
dijo: Pero... ¡Qué gente!

Cuestionario
GABRIEL ZAID

martes, 11 de noviembre de 2008

¡Qué barbaridad!

Yo soy teólogo y entre nosotros, los teólogos, por lo menos los que conozco, hay un teólogo matemático, y cuando digo "teólogo matemático" realmente quiero decir "teólogo matemático". Ahora verán por qué.
Cuando le decía con una mueca en que las comisuras de la boca hacen una herradura con los extemos hacia el piso, con seguridad mecánica y aparente reflexión:
"Acá pocos tomamos en serio la Teoría del Diseño Inteligente...",
—Sí, pero mira —me interrumpió, acercándose a mí bien al lado de la oreja, como para que le pusiera atención, una atención de complicidad— ayer se me ocurrió algo bien loco, creo, mira. Ya ves que si alguien o algo inteligente diseñó al ojo, ese alguien o algo inteligente tiene que ser por lo menos tan complejo como el ojo que diseñó, ¿no? ¿Me sigues? —me dijo y me puso su mano derecha en el hombro derecho, para que mi atención no cesara, ni mi complicidad.

—Sí.

—Bueno, como el diseñador del ojo tiene que ser por lo menos tan complejo como el ojo, esto supondría una cadena infinita de diseñadores. ¿Estás de acuerdo?

—Sí.

—Ah, pues se me acaba de ocurrir una posible interpretación matemática de la cadena infinita esa
dijo, al mismo tiempo que abrió los ojos bien grandes, subiendo y bajando la cabeza, como diciendo "¿tú crees?"—. Para empezar, denotemos por Dk a los diseñadores de la cadena, ¿no? Ahora interpretemos a los diseñadores como conjuntos y a complejidad de los diseñadores como la cardinalidad, el número de elementos de los conjuntos, que son los diseñadores para nosotros. Entonces, pensemos que la cadena de diseñadores, la cadena de conjuntos para nosotros... ¿Los diseñadores para... nosotros? ¿O cómo era? Bueno, la cadena es de la siguiente forma: Dn es subconjunto de Dn-1 y Dn-1 es subconjunto de Dn-2, etcétera, D2 es subconjunto de D1 y D1 es subconjunto de D0, y la cadena continúa indefinidamente hacia atrás, ¿no? Ora sí que nuestra cadena tiene último elemento pero no necesariamente primero, poniéndose así así ya bien matemático, ¿no? Por cierto, los subíndices son el dual de los naturales —dijo como si lo que dijera fuera una especie de broma... no sé, le dio simplemente risa. De pronto, su mirada quedó un poco perdida en la nada y volvió—. Ah, ahora representemos a los objetos en el Universo igualmente por conjuntos, pero finitos, pues vamos a suponer que son de complejidad finita, es decir, que requieren una cantidad finita de pasos para ser construidos. Ajá —asintió consigo mismo, tamborileando los dedos bajo su barbilla, ansiosamente—. Bueno, entonces si suponemos que D0, el último diseñador en nuestra cadena infinita, es de complejidad finita entonces terminaríamos con una cadena finita de diseñadores; por lo tanto, D0 tiene que ser de complejidad infinita, por lo menos numerable. Supongamos que es de complejidad infinita numerable; ya sé: supongamos de hecho que D0 es el conjunto de los números naturales. ¿Te late? —consideradamente me dijo, como si yo no estuviera ya algo mareado por la explicación—. Y que Dk es D0 menos el conjunto que contiene al cero, al uno, al dos, al tres, y así, hasta el k-1 —dijo, juntando sus manos entrelazando sus dedos; parecía que eso lo relajaba—. Tales conjuntos forman una cadena infinita decreciente. Sí, sí —dijo con unas "i"s muy cortas. Ahora, todos los objetos, ya sea que haya una cantidad finita o infinita numerable en el Universo, debieron ser construidos por algún diseñador Dk con k distinto de 0, pues el último diseñador es posiblemente el diseñador que resultó de crear todo en el Universo... a menos que Dn haya terminado el Universo primero y los n-1 posteriores hicieran a D0, en realidad D1 —me dijo, mirándome de lado y dando un empellón en mi antebrazo con su codo, como si eso fuera muy simpático—. Bueno, entonces a cada objeto se le puede asignar una subcadena finita de diseñadores del mismo tamaño que la complejidad del objeto; es decir, complejidad del objeto igual al tamaño de la subcadena. Por último, hagamos una relación de equivalencia en nuestra cadena de diseñadores. ¿Cómo ves?
—...
Digamos que Dk está relacionado con Dj si y sólo si tienen la misma complejidad. Luego, todos los diseñadores están en la misma clase, y podemos concluir que todos son un mismo diseñador, bajo la relación. La única clase sería el Diseñador. ¿Qué tal?, jajajajajajaja.
Parecía que se divertía tanto...

A la orilla del Leteo, la genialidad.

Elusiva e hipócrita, uno no suele reconocerla por sus rasgos cuando se la encara: si alguien nos confronta diciendo que recién la vio pasar por aquí, delante nuestro ¿acaso no solemos decir que su rostro afectaba extravagancia, demencia o desazón y que por ende, recelosos de su desdén, preferimos seguir de largo, luciendo el desabrido semblante de nuestra vida mediocre, pero consolidada?
Aquellos que alcanzan a ser topetados por ella comprenden, una vez repuesta su indiferencia sorprendida, el carácter profundamente trágico que reviste a la existencia humana, irremisiblemente condenada a la obliteración, al silencio y al olvido ---como todo lo que es y vive alrededor suyo---; pero dotada del registro más cruel y personalísimo de la proximidad que guardamos con estos.
(La conciencia es lo único que verdaderamente nos pone en contacto con la muerte, ya de manera remota, ya en el instante último; y precisamente en éste parece obrar como una serpiente que se muerde la cola, porque al decir "conciencia de la muerte", estamos hablando de la conciencia que asiste a la aniquilación de sí misma).
Así ¿qué harás la próxima vez que se te atraviese la genialidad?